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Noticia: El Mundo (edición impresa)


Aldealseñor resucita. Páramo con treinta almas, mar de silencio y dos perros

Lunes, 01/08/2005

Aldealseñor corrió el peligro de desaparecer como otros muchos pueblos y ahora resurge.

SORIA.- Nacen en primavera, entre las piedras de las tapias, unas flores amarillas que no sobrevivirían sin miradas. Por eso, quizá, Aldealseñor no muera.

Esta pequeña localidad de Soria ha sido testigo desde los años sesenta, como tantas otras, de la despoblación. Sus habitantes se vieron obligados a emigrar en busca de nuevos mundos, lejos del huerto del abuelo y de los silencios de corderos. Abducidos por otras posibilidades y mejores oportunidades, ocuparon ciudades limítrofes y de un poco más allá.

Murieron los más viejos y los tejados se derrumbaron en llantos bajo los paseos cansados de los gatos.

Como en cualquier batalla (y en las pérdidas siempre hay algo de lucha) la resistencia jugó un papel esencial: el de hacer frente ya fuera a la muerte o a la soledad.

Desde hace años Aldealseñor se va muriendo en paisanos y ya no se cuentan ni cincuenta almas en sus calles. Quizá este invierno lo haya dejado en veinte.

Soria está a tan sólo 18 kilómetros, pero en la misma o parecida carretera del olvido

Soria no está tan lejos, a quince minutos en coche, 18 kilómetros, pero en la misma, o parecida, vereda de la desolación, que al fin y al cabo es toda una, la misma carretera que lleva al olvido.

En Aldealseñor, y de Aldealseñor ha nacido "El cielo gira", una insólita película en la que su directora Mercedes Álvarez ha querido mostrar la tristeza de la despoblación del páramo soriano y buscar, quizá entre las flores amarillas de las tapias, alguna esperanza entre las ruinas de la memoria.

Tres vecinos y dos perros. Al fondo algo que parece el mar y no es sino el inmeso campo confundido con el cielo

En Aldealseñor nació Mercedes Álvarez, allí está la casa de su familia que alberga recuerdos de infancia, recuerdos de cada vez más más muertos y cada vez más ausentes. Su madre fue una de las últimas embarazadas del pueblo en un tiempo en el que ya este estado era raro y pasearía sin cómplices de esperanza de un lado al otro del olmo.

Lur y Beethoven corretean a sus anchas como mastines de angelotes de Murillo. Delante, detrás, o entre ellos, Albina y Santiago. Él ocupa la alcaldía y arregla la casa. Ella limpia y cuida flores, y ciruelas, y cerezas. Entre los dos mantienen abierta una fábrica de embutidos.

"¿Son doce los que viven aquí, en el pueblo?", le pregunto a Santiago Vela.

"No, qué va", me contesta como si me hubiera equivocado en unos cientos de miles. "Hace unos años nos quedamos en dieciséis, pero ahora somos treinta".

Nada menos. Y también los perros, las ovejas, alguna vaca, unas cuantas gallinas y los mismos gatos, mimosos, de siempre. "Y, en verano, llegamos a ser trescientos".

Debe ser todo un espectáculo mágico contemplar trescientas almas en las calles de Aldealseñor. Señor...

Albina y Santiago nos acompañan a recorrer el pueblo. Lur y Beethoven se apuntan.

"Hace unos años nos quedamos en 16, pero ahora somos 30. En verano llegamos a 300"

Nacieron en Aldealseñor y ya han pasado los sesenta. A San Sebastián se fue Santiago con cuatro perras ("500 pesetas") para buscarse la vida. Allí se la buscó, la encontró, se instaló y regresó en busca de Albina. Durante duros años de trabajo en la Comunidad vecina, deciden volver al pueblo. Para siempre. Para poder descansar algún día sobre los páramos.

Una escuela sin niños, sin pupitres, sin pizarra. Abandonada. "Enrique Bisbal fue uno de los últimos maestros, si no el último". Don Enrique, que así le llamarían alumnos y paisanos, cerró su maletín de maestro de hace casi cuarenta años, sacudió sus mangas el polvo de tiza y echó en falta ya para siempre caligrafías y sumas, reglas de tres y algún que otro avance sobre estudios demográficos, imposible de hacer más, se acabó, no hay niños. A pasar hambre de vida.

Se mantiene en pie, y restaurado, un antiguo lavadero cubierto para frotar, refrotar, sin sufrir los rigores del invierno. Ahora es sólo lugar de visita y de recuerdos de encuentros de antaño. A su lado proyecta el pueblo hacer su centro médico. "Ya tenemos uno, pero está más lejos y hay que subir escaleras, y algunos no pueden, y no son maneras de tratar a los mayores y a los enfermos...", lamenta Albina.

Seguimos el paseo en un día sin sol. "Mirad, en esta casa se murieron dos, hace unos pocos años, asfixiados. Se ve que hacía frío, era una Semana Santa de estas heladoras, pusieron el brasero y ahí se los encontraron, muertos, muertos". Del todo. Como dos pajaritos, tal vez. Dos pajaritos menos en un pueblo sin cantos. Es la calle de la Iglesia y al fondo está ésta, esperando reponerse de despoblaciones y deserciones. Frente a ella, una fuente con una carpa nadando en solitario. Para no desentonar. Al otro lado, la casa del maestro, sin maestro. Don Enrique no ejerce por falta de "material".

Desde que hace diecisiete años Santiago y Albina se reinstalaran en el pueblo, "no ha habido mes sin albañiles por aquí". Les agrada. Esto significa que los hijos de los muertos van a resucitar el pueblo y tienen que empezar a levantar los cimientos de entre los huesos. Por eso hay casas recompuestas y vivas, y otras en proceso, y otras en silencio.

"El que tenga hacienda que la atienda", responde Nemesio a un saludo de Santiago y a una recomendación, supongo que del tipo "no trabajes tanto". Su mujer, Ciriaca, limpia el jardín, invadido de pétalos de rosas blancas. Un poco más allá, dos perros se aferran a los hierros de una verja para saludarnos: "Oh, (o guau) gente que pasa por aquí", pensarán y esperan una caricia y un saludo. Se les da. Ambos y a ambos.

Desde la salida de Aldealseñor llega a la vista una torre de origen árabe, una construcción defensiva que ocupa treinta metros de cielo en vertical y que data de finales del siglo X. No hay que andar ni doscientos metros para llegar a ella. Poco antes, Albina nos enseña la casa donde nació. No nos va a permitir marcharnos sin dejar constancia de su pertenencia a estas tierras, de donde salió y a las que ha vuelto. "Mirad. Y aquellos eran los árboles de mi familia".

En una chopera inmensa, de un inusual verde en estas secas tierras, el padre de Albina tenía sus chopos con su marca, y también quizá Nemesio, o Antonino, o el abuelo de Ciriaca. Y así, en todas las arboledas de Aldealseñor. Para ocuparse de ellas, para aprovecharlas, para cuidarlas...

Frente al palacio se ha reinstalado un olmo casi centenario que la grafiosis dejó seco

De los inmediatos alrededores y rodeando la torre de origen árabe se levantó un palacio en el siglo XVII. Ante el portón del edificio, un parque, en él se ha reinstalado el olmo seco que en otro tiempo nació en la plaza y que la grafiosis dejó seco y en el retiro.

Pronto, la gran verja se abrirá para los clientes del gran hotel de lujo que se está ultimando en el interior. Quizá para septiembre...

Antonino y el chopo sestean bajo la torre, entre las flores

Santiago tiene que retirar el viejo chopo; es de la familia y así ha de ser. A pocos metros de él se levantan la torre del palacio y unas cuantas ruinas pétreas. Un parque desolado que este verano se llena de niños para acompañar a Dendra, la única pequeña que en invierno corretea por el pueblo. Sorprende en Aldealseñor el color del campo que es en verdes, y rojos, y violetas, cuando no se confunden en la lejanía con el color del cielo y se hace mar en plena castilla. Antonino (en una imagen de archivo) medita soledades. Sobre la ruina del suelo se levantan nuevas viviendas. Sobre los muertos respiran los vivos nuevos aires. Fieles a la tierra, los perros, se quedan todo el año buscando una voz, o una mano.

Los pocos habitantes que pueblan Aldealseñor en los meses de frío miman sus huertos para que sus flores les acompañen en primavera y, en verano, paran sus frutos para el gentío que hacen de las calles lugares sin fantasmas y sin muertos. Y suenan voces, trescientas, en ocasiones. Y los niños adornan sus cabezas con florecillas amarillas de las tapias.

LOLA LEONARDO

 

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